Se sentó a mi lado en el sofá, me cogió la mano con ternura y comenzó a hablar.
—Necesito confesarte algo que no puedo callar más.
La miré y escuché atentamente. Sus palabras me golpearon una a una, abriendo heridas profundas conforme iba hablando. El corazón se me desbocó. Lo que llegaba a mis oídos era insoportable, como si intentaran taponarse por sí solos, negándose a escuchar una sola sílaba más.
Un dolor brutal me atravesó la cabeza, como si me la partieran desde dentro. Quise gritarle que se callara, que no quería saber más. Abrí la boca, pero de mi garganta no salió ningún sonido.
Un cosquilleo helado me recorrió el cuerpo y, de pronto, mi brazo derecho dejó de obedecer. Estaba allí, pegado a mí, pero convertido en un objeto ajeno.
—¿Pero qué te pasa? ¿Me oyes? ¡Dime algo!
Quise responderle. Necesitaba decirle que no sabía qué me estaba pasando. Quería levantarme, correr, salir de aquella habitación y huir de sus palabras.
Pero mi cuerpo iba a cámara lenta.
Las paredes se dispararon hacia atrás, alejándose. Su voz llegaba desde kilómetros de distancia, deformada, como si me hablara sumergida bajo el agua. Intenté incorporarme y mis piernas colapsaron.
Sus ojos estaban abiertos de par en par. Ella, aterrada, me observaba sin moverse. Yo seguía allí, atrapada en mí misma. Mi cabeza no dejaba de gritar órdenes: levántate, habla, mueve la mano, haz algo. Órdenes a las que mi cuerpo, de piedra, ya no podía responder.
Quise gritar. No pude.
Todo comenzó a apagarse. Su rostro se volvió un borrón, su voz se perdió en la nada y la oscuridad se lo tragó todo.
