Al caer la tarde, mi madre y yo limpiábamos el cobre sentadas en la salita. Ella frotaba una bandeja con una bayeta y yo, a su lado, insistía en una esquina que se resistía a brillar.
Llevábamos un rato en silencio cuando pregunté:
—Mamá, ¿cómo sabes cuándo alguien te está diciendo la verdad?
Mi madre siguió frotando.
—Se nota.
—¿Cómo?
—Pues… cuando te miran a los ojos. Cuando no apartan la mirada.
La miré.
—Tú no apartas la mirada cuando inventas.
Dejó de frotar un instante.
—¿Yo?
—Sí. Como cuando me decías que fulanita te había contado algo de mí y luego era mentira.
—Era un suponer.
—Ya.
Volvimos al cobre.
Al cabo de un rato, mi madre dijo:
—Mira fulanita, qué buena es. Siempre ayudando a su madre.
—Pero si fulanita se pasa el día trepando por las calles.
Mi madre me miró de reojo.
—¿Y tú qué sabes?
—Mamá, que la veo.
Mi madre se quedó callada.
Entonces le pregunté:
—¿Por qué dices cosas que no son verdad?
Mi madre dejó la bayeta sobre la mesa.
—Porque me tengo que enterar. Que soy tu madre.
—Pues pregúntame.
—¿Y si tú no me lo quieres contar?
Me encogí de hombros.
—Pues no te lo cuento.
Mi madre sonrió, como si aquello fuera una insolencia, aunque yo sabía que no estaba enfadada.
Después de un momento, probó con uno de sus trucos:
—Pues mira que hoy me han dicho que te vieron entrando con una niña donde yo no te dejo ir.
La miré.
—¿Quién te lo ha dicho?
—Una vecina.
—¿Cuál?
—Bueno… una.
—Mamá, no inventes.
—¿Qué?
—No te hagas la despistada. Estás inventando.
Mi madre se levantó, se sacudió las manos y empezó a marcharse hacia la puerta.
—Ay, niña... era un suponer. En esta vida no te puedes fiar de nadie.
La miré mientras se alejaba.
—¿Y de ti?
Se volvió un momento. No dijo nada.
Luego regresó a la mesa, cogió la bayeta y siguió frotando el cobre.
