No sé en qué momento me dio por hacer senderismo. Llevaba horas perdido cuando, como un espejismo, apareció un pueblo de piedra, tan fundido con la montaña que parecía esconderse del mundo. Miré el mapa por enésima vez. Había anotado el recorrido con cuidado, pero aquel lugar no figuraba en ninguna parte.
En la plaza, varias mujeres esperaban su turno para llenar cántaros en una fuente.
—Buenos días.
Una de ellas me miró de arriba abajo.
—¿Está perdido?
—No.
Sonrió.
—Sí lo está.
No había burla en su voz; sólo una verdad tan desnuda que me dejó sin réplica.
Pasé el día preguntando por un camino de salida. Nadie evitaba responder, pero ninguno contestaba lo que necesitaba.
—¿Hay otra carretera?
—Hay caminos.
—¿Conducen fuera?
—Conducen.
Era como hablar con un acertijo.
Solo una anciana pareció apiadarse de mí.
—Mientras puedas mentir, aún no perteneces a este lugar.
—¿Qué significa eso?
—Todos los caminos vuelven.
—¿Por qué?
Abrió la boca. Se llevó una mano a la garganta y negó despacio con la cabeza.
A la mañana siguiente caminé durante horas. Regresé a la misma fuente.
—No pasa nada —dije.
Las palabras no salieron.
—Estoy aterrado.
Quise repetir la mentira. No pude.
La anciana me esperaba.
—No puedo decirte dónde está la salida, pero sí dónde empezó.
Me condujo hasta una ermita en ruinas. Sobre el altar apenas se leía: «La primera mentira encerró a quienes...». El resto había desaparecido.
Encontré un cuaderno húmedo. Solo una página seguía legible:
«Cuando preguntaron por el fugitivo, respondí: "Aquí no hay nadie". Solo la verdad contraria romperá el pacto».
Respiré hondo.
—Aquí siempre hubo alguien.
La montaña tembló. Las campanas comenzaron a sonar. Los cántaros cayeron al suelo. Nadie dijo una palabra. La anciana sonrió por primera vez.
—Ya puede marcharse.
Al desplegar el mapa, el pueblo había desaparecido. Solo quedaba una mancha blanca donde, por fin, alguien había dicho la verdad.
