Me levanté con una sensación extraña, un sueño que me había dado la vuelta por dentro y que, cada vez que volvía a mi mente, era como si todavía tuviera sus manos en mi cuerpo.
Llevaba muchos años con mi pareja y me sentía bien, habría jurado que era feliz.
Pasaron los días y el sueño seguía ahí, pegado a mí, con aquellas caricias y susurros, y empecé a mirar mi vida como si no me perteneciera del todo.
¿Seguro que lo quería? ¿O era el confort de la rutina lo que me hacía creer que todo estaba en su sitio?
Cerré la puerta de casa y me fui a la peluquería a cortarme el pelo. Solía hacerlo cuando mi cabeza giraba como un molinillo sin descanso.
Al entrar, ahí estaba ella. Resplandecía como una luciérnaga, y su presencia parecía ocuparlo todo sin pedir permiso.
Me incluyó en su conversación sin esfuerzo, y yo la miraba como un cachorro a su amo.
Cuando se fue, su aroma se quedó suspendido en el aire, como si el lugar la recordara.
Su imagen se me quedó dentro. Un día, al pasar por un café, la vi.
Entré y ella se levantó a mi encuentro.
Qué casualidad… siéntate conmigo.
Era casi de noche, pero me dio igual: era tan hermosa.
La conversación fluía, y sus manos rozaban las mías como si no fuera un gesto accidental, y entonces sucedió.
Me besó. No puse resistencia. Fui consciente de que la deseaba, y de que aquello se parecía demasiado a mi sueño.
Fuimos a su casa. Me dejé llevar. La pasión me arrastró, y cada caricia pedía la siguiente.
El olor de la pasión seguía en la habitación. Nos miramos. Cogí mi ropa y salí sin atreverme a darme la vuelta.
El aire de la noche me expulsó de golpe de lo vivido.
Volví a la realidad.
¿Qué iba a decir a mi pareja? No encontraba la forma de pensarlo.
Un nudo confuso me apretaba por dentro, sin sitio donde caer.
Empecé a correr sin rumbo, sin reconocer el camino de vuelta, como si el suelo ya no fuera el mismo.
