Durante todo el embarazo, mis amigas insistieron.
—Te ayudará a recuperar fuerzas.
—Evitará la depresión posparto.
—Y producirás más leche.
Lo repetían con tanta seguridad que terminé investigando por mi cuenta. Encontré testimonios entusiastas y promesas milagrosas. También estudios que no encontraban pruebas claras de aquellos beneficios.
Ahora la placenta descansaba frente a mí.
Intenté no mirarla demasiado. La superficie húmeda brillaba bajo la luz de la cocina. Un olor metálico me revolvió el estómago.
—Cariño, es por tu bien.
Levanté la vista.
Mi marido no me miraba a mí. Miraba el plato, como si esperara algo de él.
—Los estudios dicen que no hay evidencias.
—Si confías en mí, no debería darte miedo —respondió sin apartar los ojos.
Aquella respuesta ya la había escuchado decenas de veces.
No quería discutir. Llevábamos meses chocando contra el mismo muro. Yo aparecía con datos y artículos. Él con experiencias, terapias y convicciones imposibles de desmontar.
Cada conversación nos alejaba un poco más.
Tomé aire.
En mi cabeza solo resonaba un pensamiento.
Cómetelo tú.
Pero no lo dije.
Cogí un pequeño trozo con el tenedor y me lo llevé a la boca.
Él asintió, como si hubiera comprobado algo.
—Era una cuestión de voluntad —dijo.
No era una sonrisa de alegría. Era la expresión satisfecha de quien ve confirmadas sus creencias.
Mordí.
La textura se pegó a mi lengua. Una arcada me cerró la garganta. Las lágrimas acudieron a mis ojos.
Mastiqué despacio.
Después tragué.
Sentí aquella masa descender por mi garganta.
Y con ella descendieron también todas las palabras que había callado, todas las discusiones que había evitado y todas las ideas que me había negado a aceptar.
Él seguía mirando el plato.
Yo también sonreí.
Y aquella fue la mentira más difícil de tragar.
