Estaba cerca de casa cuando alguien me tiró de la manga.
Mi reacción fue inmediata. Alcé el bolso, preparada para apartarlo de un golpe, pero al girarme me encontré con un chaval de unos catorce años. La edad de mi hijo.
Estaba pálido. No dejaba de mirar por encima del hombro. Sus piernas temblaban y cambiaba el peso de un pie a otro sin parar. Tenía los puños cerrados y la respiración entrecortada.
—¿Sabe dónde hay un baño?
Señalé el bar de enfrente.
—Allí.
Negó con la cabeza con tanta fuerza que pensé que iba a marearse.
—No puedo entrar en un bar. Tiene que ser una casa.
No me fiaba.
—Si necesitas ayuda, te acompaño.
Volvió a mirar hacia el final de la calle. Fue entonces cuando vi una mancha oscura en su pantalón y otra en la manga de la sudadera.
Sangre.
A lo lejos, un hombre avanzaba hacia nosotros con paso decidido.
El chico me agarró del brazo.
—Por favor.
Pensé en todas las historias que había escuchado. En todos los motivos para no meterme en problemas.
Entonces pensé en mi hijo.
—Ven.
Entramos en casa y cerré la puerta.
El chico desapareció en el baño. Escuché correr el agua. Cuando salió, tenía mejor color, pero seguía pendiente de cualquier ruido que viniera de la calle.
—La pareja de mi madre me hizo esto.
Se remangó la sudadera. Varios cortes rojizos cruzaban su antebrazo.
Sentí un nudo en el estómago.
—Voy a llamar a la policía.
Saqué el móvil.
Antes de que pudiera marcar, me lo arrancó de la mano.
—No.
Lo miré, desconcertada.
—¿Cómo que no?
—No llames.
Los golpes resonaron en la puerta.
El chico dio un respingo.
—No abras.
—¿Quién es?
—No abras —repitió, más alto.
Los golpes cesaron.
Durante unos segundos, el silencio fue absoluto.
Después escuché el ruido de una llave girando en la cerradura.
Mi corazón dio un vuelco.
La puerta se abrió.
—Mamá, te has dejado las llaves...
Mi hijo se quedó inmóvil al ver al muchacho.
Detrás de él apareció el hombre que lo había seguido.
No parecía enfadado.
El chaval retrocedió hasta chocar con la pared.
Entonces vi la cuchilla asomando del bolsillo de su sudadera.
El hombre se llevó una mano a la cara.
El chico bajó la vista.
Y yo tuve que sujetarme al respaldo de una silla para no caerme.
