Respuesta al reto: La ruptura

Respuesta al reto: La ruptura

Por Clara Leiva

Clara Leiva

Clara Leiva

Destacada
104 historias•3 seguidores
3 seguidores
2 min de lectura
5 visualizaciones

Él vuelve con la pregunta de siempre.

—¿Nada?

Ella ya venía preparada para escucharla. O encogida. No sabía distinguir una cosa de la otra.

—Nada.

—Es que no lo entiendo.

Y ella tampoco. Habían seguido todos los protocolos, todas las recomendaciones, todos los calendarios marcados con círculos rojos. Últimamente ni siquiera parecía que hicieran el amor; parecía que cumplían una tarea.

No era una acusación. Pero sonaba como una.

Los silencios comenzaron a ocupar demasiado espacio. En parte los preferían. Hablar significaba acercarse a una herida que nunca cerraba.

Meses después, la casa estaba llena de cajas.

Ella envolvía vasos en papel de periódico. Él desmontaba una estantería del salón. Apenas intercambiaban palabras. Ya no quedaban fuerzas para discutir.

Empujó una caja hacia el pasillo.

Al chocar contra otra, algo sonó en su interior.

Un tintineo breve.

Agudo.

Alegre.

Los dos se quedaron inmóviles.

Ella reconoció el sonido.

Se agachó y apartó unas mantas.

Debajo apareció un pequeño sonajero de tela, con campanillas cosidas en los extremos.

Al levantarlo, las campanillas sonaron otra vez.

El sonido resultó insoportable.

—Pensaba que lo habíamos tirado.

—Yo también.

El silencio volvió a instalarse entre ellos.

—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó él.

Ella negó con la cabeza.

—Que sería más fácil si hubieras hecho algo malo.

Aquello era exactamente lo que ella no quería escuchar.

Porque era verdad.

No se habían quedado sin amor. Se habían quedado sin lugar donde ponerlo.

Ella bajó la vista hacia el sonajero.

—Lo he pensado muchas veces.

Él cerró los ojos.

—Pero cada vez que te miro veo todo lo que hemos perdido.

Ella tragó saliva.

—Y yo cada vez que te miro siento que te estoy fallando.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Por primera vez en mucho tiempo ninguno intentó corregir al otro.

Simplemente entendieron.

No se estaban separando porque hubieran dejado de quererse.

Se estaban separando porque llevaban demasiado tiempo sosteniendo el mismo dolor, hasta que el dolor había empezado a deformarlo todo.

Ella agitó el sonajero sin querer.

Las campanillas volvieron a sonar.

Nítidas.

Breves.

Como una risa que nunca existiría.

Entonces él apoyó una mano sobre la de ella.

Un instante. Nada más.

Luego la retiró.

Y siguieron guardando sus cosas, despacio, como quien recoge los restos de una vida que todavía ama, pero ya no sabe cómo habitar.

Compartir esta historia