Anoche volví a soñarlo.
Estábamos sentados en una cocina que no reconocía, bajo una lámpara amarilla que hacía ver todo más lento. Yo tenía las manos alrededor de una taza caliente y él, de pronto, me tomaba una entre las suyas.
—Trabajas demasiado —me decía, acariciándome apenas los nudillos con el pulgar—. Tienes que cuidarte más.
Así. Tan simple.
Pero en el sueño me miraba como si yo fuera alguien valioso. Como si notara el cansancio debajo de mis ojos, como si le importara. Y después sonreía un poco, apenas un gesto cansado y tierno, y añadía:
—De verdad. No tienes por qué cargar con todo tú sola.
Desperté de golpe, con el corazón golpeándome la garganta y una vergüenza tan física que tuve que encender la luz.
Desde entonces me pasa seguido.
En la fila del supermercado. Doblando camisetas. En todas partes. De pronto recuerdo el calor de aquella mano inexistente y me arde el cuello. Me escondo las manos en los bolsillos para que nadie note cómo me tiemblan.
No hice nada.
A veces necesito repetírmelo mientras me lavo las manos.
No hubo mensajes. No hubo roces accidentales demasiado largos. Ni una sola conversación a solas que pudiera convertirse en recuerdo prohibido. Solo esta cosa horrible creciendo donde no debía.
—¿Estás bien? —preguntó Sergio aquella noche.
Asentí demasiado rápido.
Estábamos cenando en silencio. Él hablaba del trabajo y yo fingía escucharlo mientras aplastaba el arroz con el tenedor. Últimamente todo me ponía rígida: cuando intentaba abrazarme, cuando me rozaba la rodilla debajo de la mesa, cuando decía “te quiero” esperando oírlo de vuelta.
Levanté la vista apenas un segundo. Tenía la expresión cansada de quien ya sabe que algo terminó antes de escuchar la confirmación.
Me odié un poco más.
También empecé a evitar a Laura. Inventé migrañas, horas extra, llamadas familiares. La semana pasada me preguntó por qué ya no la miraba cuando hablábamos. Me reí. Dije cualquier estupidez. Pero era verdad: había empezado a bajar la cabeza porque temía que ella encontrara algo escrito en mis ojos.
Sergio dejó el vaso sobre la mesa.
—Hay alguien más.
No sonó furioso. Solo triste.
Y creo que esa fue la peor parte.
Negué enseguida.
—No —dije, sintiendo los dedos helados dentro de los bolsillos del abrigo—. No hay nadie.
Era cierto.
Porque enamorarse de alguien imposible se parece demasiado a la soledad.
Prefiero esta respuesta
