Respuesta al reto: El viaje

Respuesta al reto: El viaje

Por Ma de los Remedios Higueras Casares

Ma de los Remedios Higueras Casares
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El pasaporte estaba sobre la mesa desde hacía una semana, abierto por la página de la foto como si necesitara recordarme constantemente que esa persona era yo. Yo, el que llevaba años prometiéndose que algún día cruzaría el océano. Yo, el que siempre encontraba una razón para quedarse.

Treinta días en Argentina.

Había pronunciado esas palabras tantas veces durante los últimos meses que terminaron sonando irreales, como si pertenecieran a la vida de otra persona. Incluso mis amigos dejaron de preguntar si iba “de verdad”. Creo que todos pensaban que cancelaría en el último momento, como había hecho con tantas cosas.

La maleta estaba terminada junto a la puerta. Cerrada. Lista. Una pequeña victoria.

Aquella mañana me desperté antes de que sonara el despertador. Todavía era de noche y la casa tenía ese silencio extraño que parece contener algo importante. Me preparé café y me senté en la cocina mirando el móvil. El vuelo salía a las once y media. A las ocho debía estar ya camino del aeropuerto.

Recuerdo que pensé en mi abuela sin motivo aparente.

O quizá sí había motivo. Últimamente siempre estaba presente, incluso en los momentos felices. Como una sombra suave. Llevaba un año y medio acostada en aquella cama de residencia, inmóvil, respirando apenas. Noventa y cuatro años resumidos en un cuerpo diminuto y unos párpados cerrados.

Antes de enfermar, repetía mucho una frase: —La vida no espera a nadie.

Entonces sonó el teléfono.

Mi hermana.

No necesité preguntar nada. Había un temblor distinto en su respiración.

—Los médicos dicen que puede ser cuestión de horas.

La taza quedó suspendida entre mis manos. Sentí algo parecido a un vacío abriéndose despacio dentro del pecho.

Mi hermana siguió hablando. Que la tensión había bajado mucho. Que quizá no pasara de hoy. Que si quería verla debía ir pronto.

Debía.

Esa palabra se quedó flotando en la cocina cuando colgué.

Miré la maleta. Después el reloj. Luego otra vez la maleta.

Durante unos minutos no hice nada. Solo escuchar el ruido lejano de un camión de basura y el tic tac absurdo del reloj de pared. Pensé en cancelar el viaje. Era sencillo. Bastaban un par de llamadas. Perdería dinero, sí, pero ¿qué importaba eso?

Imaginé la residencia. El olor a desinfectante. Las luces blancas. La mano de mi abuela inmóvil entre las mías. Mi madre llorando en silencio junto a la ventana.

Después imaginé otra cosa.

La escuché riéndose años atrás, sentada en una silla baja mientras pelaba habas en verano.

—Cuando yo me muera, que nadie deje de vivir por mi culpa.

Lo había dicho muchas veces. Con esa forma brusca y práctica que tenía de querer.

El taxi llegó cinco minutos antes de la hora. El conductor bajó para ayudarme con el equipaje.

Mi hermana volvió a llamar

No lo cogí.Le había hecho caso a mí abuela. Y decidí viajar de rodas formas.

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