—¡Hombre, Paquito! ¿Ya ha aparecido tu padre?
El niño negó con la cabeza. Miraba las baldosas negras y blancas del pasillo, una sí y una no, como si hubiera una manera correcta de pisarlas.
—Tu madre estará preocupada.
—Dice que le habrá pasado algo.
—Claro… claro.
El padre Anselmo sonrió despacio. Tenía las manos tibias y grandes. Le apoyó una sobre el hombro y lo apartó un poco de la puerta de la iglesia. Dentro olía a cera apagada y a flores viejas.
—Pero tú no estás solo, ¿verdad? Dios también es tu padre.
Paquito asintió.
La mano seguía allí. Pesaba.
—Y tú quieres hacer la comunión como los demás niños.
Otra vez asintió.
—Porque sería una pena que Dios pensara que no haces suficiente esfuerzo.
El estómago se le cerró. Intentó tragar saliva, pero tenía la boca seca. Sobre el altar, Jesús lo miraba clavado a la cruz, con las costillas marcadas y la cabeza torcida.
—No quiero portarme mal —susurró.
—Yo lo sé, hijo. Por eso voy a ayudarte.
La mano descendió despacio por su espalda, igual que otras veces, deteniéndose apenas un segundo más de lo normal.
Paquito dejó de respirar hasta que el cura volvió a hablar.
—Mañana, cuando termine la catequesis, te quedas conmigo un rato. Ya se lo he explicado a tu madre.
Las velas parpadearon. A Paquito le dio miedo el fuego. Desde que pasó lo de la sartén, el fuego siempre encontraba la forma de volver.
Salió de la iglesia demasiado rápido. El corazón le golpeaba dentro del pecho como alguien encerrado pidiendo salir. No lloró hasta doblar la esquina.
Luego vendrían otra vez los mareos.
Y la cama mojada.
Y su madre cambiando las sábanas sin mirarle a la cara.
