NADIE SE TIRA CON ZAPATOS
Cuando encontraron el cuerpo al pie del edificio, todos pensaron lo mismo: se había tirado. Pero había un detalle que no encajaba.
Yo lo sé. Porque yo soy el cuerpo.
Permítanme que retroceda cuarenta segundos.
El piso doce huele a tabaco frío y a algo más dulce, casi medicinal. Llevo tres semanas sin abrir la ventana del salón, pero esta noche estaba abierta de par en par cuando llegué. Pensé que era el viento. Pensé muchas cosas equivocadas en mis últimos cuarenta segundos.
Mi nombre es Daniel Rojas. Cuarenta y uno años. Auditor en una firma que prefiero no nombrar. Divorciado. Sin hijos. Justo el perfil de hombre del que nadie se sorprende cuando cae desde un duodécimo piso.
Lo cual era, supongo, el plan.
Treinta y cinco segundos antes de morir, revisé mi teléfono. Tenía un mensaje nuevo de Claudia, mi exmujer, aunque ese detalle la policía tardará en confirmar. El mensaje decía: Sé lo que encontraste. No puedes usarlo. Lo leí dos veces. Luego noté que la pantalla cambió sola: el mensaje desapareció. Borrado en remoto, desde su teléfono. Quedó solo el hilo vacío, como una conversación que nunca existió.
Veinte segundos. Escuché un ruido detrás del sofá. Pensé en un gato, aunque no tengo gato. Pensé en una rata. No di la vuelta.
Debí haber dado la vuelta.
Lo que sí hice fue caminar hacia la ventana abierta. No porque quisiera saltarla. Lo hice porque desde ahí se ve el río, y cuando el río tiene ese color metálico bajo la lluvia me recuerda a la primera semana con Claudia, cuando todo era hermoso y ninguno de los dos mentía todavía. Fui a mirar el río. Solo eso.
Diez segundos. Sentí sus manos. Fuertes, muy frías, en la mitad de mi espalda. No fue un empujón violento. Fue algo más calculado: una presión firme, casi clínica, como quien cierra una puerta que ha estado entornada demasiado tiempo.
Caí pensando en el objeto que había encontrado esa mañana en la oficina: una USB con el nombre de Claudia escrito con rotulador rojo, escondido en el doble fondo de un cajón que no era el mío. Dentro había archivos. Números. Nombres. Suficiente para hundir a tres personas, una de ellas alguien con poder suficiente para que mi muerte pareciese inevitable.
La USB seguía en el bolsillo interior de mi chaqueta.
Ahí está el detalle que no encaja: los suicidas no llevan pruebas encima.
La inspectora Reyes llegó a la escena a las once y veintidós. Miró el cuerpo, miró la ventana abierta en el piso doce, y estuvo a punto de escribir en su cuaderno la palabra más corta del vocabulario policial: suicidio.
Pero entonces el agente Mora le señaló algo.
—Los zapatos —dijo.
Los zapatos del muerto estaban perfectamente alineados junto al sofá. Paralelos, con la puntera mirando hacia la ventana. Como si alguien los hubiese colocado así. Como si alguien quisiese contar una historia.
El problema es que Daniel Rojas era conocido en la oficina por una sola manía: jamás se quitaba los zapatos en casa. Su exmujer lo había mencionado en el divorcio, entre otras cosas. Lo había dicho su vecino del once cuando le preguntaron por los ruidos. Lo decían todos.
Reyes cerró el cuaderno sin escribir nada.
Luego, el técnico forense encontró la USB. Y en ella encontró los archivos. Y en los archivos encontró el nombre de Claudia, y otros nombres, y números que no cuadraban, y una fecha: esa misma noche.
Reyes miró la ventana. Miró los zapatos. Miró el teléfono con el hilo de mensajes vacío, borrado, pero no lo suficiente: los metadatos seguían ahí, fantasmas digitales que nadie se molestó en eliminar.
Cerró los ojos un momento.
Cuando los abrió, ya no había ninguna duda.
O sí la había. Eso era exactamente lo que el asesino necesitaba.
