Lo que me sobrecogió fue el silencio. Es como si se hubiera descolgado de las paredes. La estancia estaba en penumbra; sólo un rayo de sol la atravesaba, detenido en las motas de polvo que flotaban sin prisa.
En la mesita, junto a la mecedora, descansaban unas gafas muy gastadas y un costurero mal cerrado. Intenté encajar la tapa, casi por inercia, como si alguien fuera a notar el descuido. La aguja seguía enhebrada, el hilo oscuro aún tenso, esperando una puntada que no llegó.
Una toquilla reposa sobre el respaldo de una silla, doblada con cuidado. El olor a brasas persiste, tenue, pero el brasero está limpio, frío, como si alguien se hubiera adelantado a dejarlo todo en orden. Demasiado en orden.
En la pared, una fotografía en blanco y negro observa la habitación. Dos figuras serias, erguidas, miran a la cámara como si el tiempo no pudiera tocarlas. Justo debajo, sobre la cómoda, hay dos alianzas apoyadas sobre un plato pequeño, como una ofrenda discreta. El polvo no ha logrado cubrirlas del todo.
La mecedora se balancea apenas, o tal vez es sólo el aire que entra por la ventana entreabierta. Nadie la detiene. Nadie la ocupa. Y, sin embargo, todo parece colocado para que alguien vuelva en cualquier momento y retome lo que dejó a medias.
