Respuesta al reto: La mala suerte

Respuesta al reto: La mala suerte

Por Sofia “sofi_primo”

Sofia “sofi_primo”
1 historias•0 seguidores
0 seguidores
2 min de lectura
2 visualizaciones

El carrito antiguo y chirriante de los señores Púrpura siempre había sido como un ataúd abierto. Durante años, pasearon a su pequeña “Violeta”, una muñeca de porcelana de mirada vítrea y encajes amarillentos. Los vecinos sonreíamos con esa lástima condescendiente que se le reserva a la demencia senil. Pero esta mañana, el silencio de la calle se rompió con un hipido húmedo, un sonido que una muñeca de porcelana no puede emitir.

Me los crucé junto al parque. Doña Elena me dedicó una sonrisa que no le llegaba a los ojos, mientras sus dedos, nudosos como raíces, acariciaban el borde de la manta.

—Ya ha despertado —susurró, con una dulzura que me erizó el vello de la nuca.

Me asomé por cortesía, esperando ver la frente fría de la muñeca. En su lugar, encontré unos ojos enormes, demasiado enfocados para un recién nacido. El bebé no lloraba; emitía un gorgoteo rítmico, una salmodia que parecía imitar el patrón de habla de Elena. Tenía la piel de un blanco translúcido, casi cerúleo, y un hematoma tenue en forma de pulgar en la muñeca derecha.

—Es… preciosa —mentí, sintiendo un nudo en el estómago—. No sabía que tenían visitas.

Don Julián, que sujetaba el manillar con una fuerza innecesaria, se inclinó hacia mí. Olía a naftalina y a algo dulce, como fruta pasada.

—No es una visita. Violeta por fin regresó —dijo él. Su voz sonaba profunda y seca.

Sentí un impulso eléctrico de alejarme, pero mis pies no respondían. Bajé la vista al fondo del carrito. Debajo del bebé, asomando como un resto arqueológico, estaba la mano de la antigua muñeca de porcelana. Estaba rota, hecha añicos, y los pedazos parecían haber sido integrados en el colchón del carrito.

Entonces, el bebé estiró su mano pequeña y me agarró el dedo. Su tacto no era cálido; era una succión gélida. Movió los labios y, por un instante, no escuché un balbuceo, sino un eco lejano, la voz de una mujer adulta atrapada en una garganta demasiado estrecha, pronunciando un nombre que no era el mío.

—Aún está terminando de anclarse —explicó Elena, sacando un frasco de lo que parecía ser agua estancada para humedecer los labios de la pequeña—. Con la última muñeca, solo conseguimos que llorara por las noches. Ahora, por fin, tiene sangre para que ella pueda quedarse.

Comprendí con horror que no habían encontrado a un bebé; habían vaciado uno. Lo que antes era un duelo patético se había convertido en un ritual de transvasado. Los Púrpura no estaban locos por perder a una hija; estaban locos por negarse a dejarla ir, y finalmente habían encontrado el molde de carne adecuado para que su mala suerte, su tragedia eterna, volviera a caminar entre nosotros…

Compartir esta historia