La noche estaba tibia, con un aire de presagio suspendido entre las luces de la casa. Tomás había bebido más de lo habitual, una mezcla de nervios y euforia lo empujó hasta la puerta de Clara, su prometida. No quiso avisar; pensó que sorprenderla sería un gesto romántico en su última noche antes del “sí”.
Ella —o al menos eso creyó— abrió la puerta con una bata de algodón y el cabello suelto. Sin darle tiempo a preguntar nada, Tomás la tomó por la cintura y la besó. Fue un beso torpe, intenso, nublado por el deseo y la emoción contenida. La empujó suavemente hacia el interior, hasta la habitación. Pero cuando ella abrió los ojos, el desconcierto sustituyó la ternura.
—¿Qué haces, Tomás? —preguntó Helena, la hermana gemela de Clara.
El mundo se detuvo. Él retrocedió, pálido, como si el suelo lo tragara. Helena quiso hablar, pero las palabras no llegaban. Solo el silencio y el eco de ese beso inocente quedaron suspendidos entre ambos.
Clara, minutos después, entró por la puerta principal, sin sospechar lo ocurrido. Encontró a su hermana temblando y a su futuro esposo con la mirada perdida.
Aquella noche marcó un antes y un después. No hubo boda. No hubo perdones. Y, sin embargo, ninguno olvidó jamás ese beso que nunca debió suceder, pero que selló, de manera extraña, el fin de un amor y el inicio de una culpa compartida.
