Jamás hubiera imaginado que sería capaz de cambiar una zanahoria por un millón de dólares.
La llevé a la rifa del edificio envuelta en papel de estraza. Grande, torcida, más fea que pifio. Mi abuela siempre decía: “tirar comida es un pecado”. Así que ahí estaba yo, con la zanahoria, lista para que nadie le prestara atención.
Pero el edificio tenía otros planes. Encarna, la cotilla del primero, no paraba de mirarme con ojos de lupa. Cada gesto suyo parecía decir algo que yo no entendía. El del ático sonreía demasiado, ladeaba la cabeza, como si supiera algo secreto. Los López, reían, se daban codazos, cuchicheaban… y el aire se hacía más pesado con cada movimiento. Los Testigos de Jehová los miraban, tranquilos, midiendo la moral del universo, aunque nadie había hecho nada… todavía.
La zanahoria estaba sobre la mesa. Cada respiración se multiplicaba por mil. Cejas levantadas, labios mordidos, cabezas inclinadas. Parecía que todos sabían algo que yo no.
—Número veintitrés —dijo la presidenta, seca.
Me levanté de la silla de un salto:
—¡Es mío, es mío!
Grité, salté, aplaudí, di vueltas como si acabara de ganar la lotería. Los López aplaudían conmigo, Encarna bufaba, el del ático se apoyó en la mesa riéndose. Cada mirada del vecindario me hacía sentir que era la más afortunada del mundo… todo por mi zanahoria torcida.
El corazón me golpeaba. Cada gesto, cada susurro parecía estar conspirando… hasta que la presidenta, tranquila como si nada, dijo:
—Chari… era un anuncio del nuevo casino del barrio. Nada más.
El silencio me cayó encima. Mi euforia, mis saltos, mis gritos… todo se derrumbó en un instante. Los vecinos me miraban, algunos riéndose, otros aliviados, como si acabaran de presenciar un pequeño desastre teatral. El del ático guiñó un ojo; Encarna bufó; los López negaron con la cabeza, cómplices de una broma que solo yo me había tomado en serio.
Entonces lo entendí: la fortuna nunca estuvo en la zanahoria, ni en el millón que nunca existió. Estaba en la obra absurda que habíamos armado… y yo, en medio de todo, saltando y gritando como una tonta.
Me senté otra vez, roja, jadeando, con la zanahoria en la mano. Quería llorar, pero también quería gritar: ¡qué coño! Me sentía ridícula y cabreada a partes iguales. Una verdura torcida moviendo gestos, miradas, silencios… y yo, encima, creyéndome la reina del mundo.
Respiré hondo, miré al vecindario que todavía me observaba, y pensé: mañana volveré a reírme… pero hoy, que se queden con su casino.
