Breves Historias del Reino de Silvertomb

Breves Historias del Reino de Silvertomb

Por Estudios Arcanos

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El príncipe William estaba indignado.

Una vez más, lo habían puesto en ridículo ante el más grande héroe de todos: George Domenicus Starson, el atleta divino, como todos lo llamaban.

Divino… —murmuró William entre dientes apretados.

A su alrededor, los sirvientes se movían de puntillas; nadie quería recibir un objeto en la cabeza.

—Alteza…

El discreto carraspeo de su ayudante de cámara lo detuvo justo a tiempo, con el jarrón suspendido en el aire a su lado, estaba Eurodia, la mujer más bella de la ciudad.

La expresión de William cambió de inmediato.

—Querida Eurodia… ¿a qué debo el placer?

Ella lo miró sin pestañear.

—¿El placer? Apostaste mi mano en esa absurda carrera.

William parpadeó.

—Ah…. eso… cierto.

—No me quejo —añadió ella, pensando en el apuesto "Divino"—, pero hay una diferencia entre ser la esposa de un vasallo… y ser reina. Me prometiste ser tu reina.

William guardó silencio un momento, luego alzó la mirada y declaró:

—Exigiré una revancha. El secretario tomó nota rápidamente y salió por la puerta.

Eurodia arqueó una ceja.

—¿Y esta vez piensas ganar?

William dudó solo un segundo.

—Llamaré al mago.

Poco después, y no sin esfuerzo, apareció el mago de la corte: un hombre demasiado viejo para moverse con rapidez y demasiado sabio para fingir lo contrario.

William sonrió al verlo.

—Mi buen Luminore, necesito una poción que me convierta en el hombre más veloz del mundo.

Luminore se rascó la cabeza.

—Eso no es difícil; el problema es que no dura demasiado.

William frunció el ceño.

—Necesito algo que dure… que de verdad dure.

El mago no respondió de inmediato.

En ese momento entró el secretario con la respuesta y leyó en voz alta:

—«Estimado príncipe, lamento declinar. Me es imposible aceptar su propuesta. Llevo mucho tiempo amando a Eurodia… y me considero afortunado de haber ganado su mano.»

William se quedó en silencio un instante, luego replico rápido.

—Añade este castillo a la apuesta.

Luminore carraspeó.

—Alteza… sobre la poción…

William lo miró.

—Prepárala.

El mago suspiró, se acercó a la mesa y pidió lo que necesitaba. El ayuda de cámara regresó con un frasco ancho de vidrio, con el borde desportillado.

—Esto no es lo ideal… — murmuró Luminore.

—Servirá —lo cortó William.

La mezcla comenzó a burbujear, de un verde inquietante.

—Una advertencia —añadió el mago—: será veloz. Muy veloz.

Una semana después, la plaza estaba llena.

George Domenicus Starson saludaba a la multitud con esa calma exasperante del hombre que ya no tiene nada que demostrar, mientras a su lado William sonreía.

Eurodia observaba en silencio.

—¿Listos? —anunció el heraldo.

William bebió la poción y salió disparado hacia adelante, sin esperar que dieran la salida.

Por un momento, todo fue perfecto: el mundo se ralentizó, se volvió manejable, y sus piernas respondieron con una precisión casi “divina”. Luego, no.

Sus pies seguían moviéndose, pero el resto de su cuerpo parecía incapaz de ponerse de acuerdo con ellos; giró demasiado pronto, o demasiado tarde, o quizás en ninguna dirección reconocible.

Cruzó la pista, el arco de llegada… y siguió.

A su paso, un puesto de frutas estalló por los aires, un músico quedó reducido a una nota que se alejaba, finalmente la multitud se desvaneció en la lejanía.

William, intentó detenerse, pero nada funcionó.

Media hora más tarde …

—¿Y el príncipe? —preguntó Eurodia.

El mago miró en la dirección en que había desaparecido, se acarició la barba y respondió:

—La poción fue… excepcional.

—¿Excepcional? —Replico Eurodia desconcertada.

Luminore asintió.

—Sí. Le di exactamente lo que pidió.

El ayuda de cámara miró al mago tragando saliva.

—¿Y no va a parar?

Luminore se encogió de hombros.

—Debería.

Ya han pasado tres meses… y hasta el día de hoy, el reino de Silvertomb sigue esperando el retorno del  príncipe William.

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